La iglesia estaba abarrotada, la gente se había reunido en el templo para la misa en honor del Cardenal Bucharis, un honor que podría ser lo que convirtiera aquella ciudad de segunda en una de las más grandes y poderosas.
Los niños decoraron durante horas el altar y las mujeres habían trabajado durante semanas en la elaboración deL manto que decoraba la imagen del santo patrón de la ciudad, el cardenal tenía que ver que aquella ciudad parecía digna de su patrocinio, parecía pues realmente la ciudad no era mejor que un estercolero. La basura se acumulaba en las calles, las ratas nadaban en la abundancia de basura y los criminales vagaban libremente por las calles en busca de víctimas, pero claro lo importante era dar buena imagen y conseguir el patrocinio, el resto poco importaba, ya lo arreglarian más adelante, o no, ya verían cuando tuvieran dinero si merecía la pena contratar más o menos guardias.
La hora se acercaba y el cardenal no había dado señales de vida, ni siquiera había noticias de su séquito, el obispo comenzaba a impacientarse y los feligreses temían que todo su esfuerzo fuese en vano. En ese instante las puertas de la iglesia se abrieron de golpe y un grupo de soldados irrumpieron en la celebración, matando a todo aquel que encontraban a su paso y capturando al obispo. Lo llevaron fuera de la ciudad a través de calles manchadas de sangre y cuyos magníficos edificios habían sido reducidos a cenizas en apenas unas horas, lo arrojaron a los pies de un hombre que vestía una túnica roja y portaba una daga en la mano.
-Vos- dijo el asustado obispo- ¿porqué?
- Deus lo volt
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