martes, 16 de abril de 2013

Dos victorias

La arena ruge, el pueblo quiere ver a su campeón derramando sangre. Ojala ese campeón compartiese su anelo. Se que estoy aquí por ser el mejor gladiador de la ciudad y que el pueblo desea ver como vierto la sangre de los enemigos sobre esta tierra sagrada, regada con las lágrimas de las vidas que en ella encontraron su final.

Mi escudo tiene aun las marcas del ultimo combate, un rival duro y una gloriosa victoria que me acerca a mi libertad. Libertad, curiosa palabra, mi padre me explico que un hombre es libre cuando hace lo que le gusta sin alterar la libertad de otros. Mi espada es de buena calidad, un acero magistralmente trabajado y letalmente utilizado en las manos adecuadas, me llevo tiempo acostumbrarme a manejarla con el escudo rectangular, pero el resultado a sido excelente.

El magistrado acabara durmiendo al publico a este paso, menos mal que los gladiadores estamos acostumbrados a despertarlos.Se abren las puertas y con mi paso la ciudad estalla en un gran clamor, están ansiosos de espectáculo y lo van a tener.
- Hoy- anuncia mi domine- nuestro campeón honrara la victoria de Roma sobre los perros Germanos.
Ellos son un grupo de ocho, armados con espadas y lanzas, armas inútiles, ya que cualquiera vería que están sin afilar y oxidadas. No llevan armadura pero todos tienen la cara cubierta por una mascara, parecen funerarias y son extrañamente familiares, serán alguna especie de alegoría a la muerte, dos de ellos son mujeres. Esto ya no es nada normal, nunca se incluyen mujeres en los juegos.

Dos de ellos cometen el error de cargar contra mi antes de que domine acabe su discurso, craso error interrumpir a mi maestro. Uno pierde el brazo y al otro le secciono la yugular, nunca he permitido que alguien agravie a mi domine y siga con vida.
- El campeón puede empezar.
Antes de que reaccionen, la lanza que les he arrojado se clava en la carne de una de las mujeres. Su numero acaba de quedar reducido a cinco, este combate no servirá a mi causa pero al menos me entretendrá un rato. Uno de ellos carga con dos espadas, el muy imbécil deja las piernas descubiertas y un simple tajo hace que quede tirado en el suelo. Mi carga provoca que uno de ellos caiga al suelo, debido a un golpe de escudo, y me permite decapitar a otro de ellos. La mujer me ataca con la lanza, rozando la carne de mi brazo, a desaprovechado esa oportunidad con lo que pierde la mitad superior de su cuerpo. El caído en el suelo intenta levantarse y muere al penetrar mi acero en su pecho.
El restante parece demasiado cobarde, ya que se clava la espada en el cuello antes de permitir que la mía lo haga. Solo queda uno.
El herido en el muslo intenta arrastrarse hasta sus armas, es bastante patético. Le agarro del cuello y le arranco la mascara. Es curioso, pero este perro es conocido.
- Estos ojos azules han ocultado muchas traiciones.
- El único traidor aquí eres tu- responde.
- ¿ Yo? Al único que he traicionado a sido a mi mismo. Tu le hiciste daño a mi nieta, tu le hiciste daño a los que quería, tu me robaste a quien amaba y me hiciste odiarla para que ella te amara aun mas. Viertes mieles en los oídos de tu títeres para ponerlos en mi contra. Ahora ya no tienen cuerdas ni vida, tu los has traído a su muerte- mi espada atraviesa su cuello- ve con ellos, cabrón.
La cabeza vuela, el pueblo ruge y hoy consigo dos victorias

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